Historia de las revoluciones

Las lecciones de la comuna

10 Nov 2006 | Publicamos la segunda parte del artículo de León Trotsky sobre la heroica Comuna de Paris de 1871, cuya primer parte presentamos en EO 55   |   comentários

FEBRERO DE 1921
El partido no crea la revolución a su gusto, no escoge según le convenga el momento para tomar el poder, pero interviene activamente en todas las circunstancias, pulsa en todo momento el estado de ánimo de las masas y evalúa las fuerzas del enemigo, determinando así el momento propicio para la acción definitiva. Esta es la más difícil de sus tareas. El partido no cuenta con una solución que valga para todos los casos. Necesita una teoría justa, un estrecho contacto con las masas, una acertada comprensión de la situación, una visión revolucionaria y una gran decisión. Cuando más profundamente penetra un partido revolucionario en todas las esferas de la lucha revolucionarias y cuanto más cohesionado está en torno a un objetivo y por la disciplina, mejor y más rápidamente puede llevar a cabo su misión.

La dificultad consiste en ligar estrechamente esta organización de partido centralizado, soldado interiormente por una disciplina de hierro, con el movimiento de las masas, con sus flujos y reflujos. No se puede conquistar el poder sin una poderosa presión revolucionaria de las masas trabajadoras. Pero, en esta acción, el elemento preparatorio es inevitable. Y cuanto mejor comprenda el partido la coyuntura y el momento, mejor preparadas estarán las bases de apoyo, mejor repartidas estarán las fuerzas y sus objetivos, más seguro será el éxito y menos víctimas costará. La correlación entre una acción cuidadosamente preparada y el movimiento de masas es la tarea político-estratégica de la toma del poder.
La comparación del 18 de marzo de 1871 con el 7 de noviembre de 1917 es, desde este punto de vista, muy instructiva. En París se sufrió una absoluta falta de iniciativa para la acción por parte de los círculos dirigentes revolucionarios. El proletariado, armado por el gobierno burgués, era, de hecho, dueño de la ciudad y disponía de todos los medios materiales del poder -cañones y fusiles- pero no se dio cuenta de ello. La burguesía hizo una tentativa para arrebatar al gigante sus armas: intentó robarle al proletariado sus cañones. Pero el intento fracasó. El gobierno huyó aterrado desde París a Versalles. El campo estaba libre. Pero el proletariado no se dio cuenta de que era el amo de París más que al día siguiente. Los «jefes» iban a remolque de los acontecimientos, tomaban nota de ellos cuando ya se habían producido y hacían todo lo posible para embotar el filo revolucionario.

En Petrogrado los acontecimientos se desarrollaron de forma muy distinta. El partido caminaba firme y decidido hacia la toma del poder. Dispuso a sus hombres por doquier, reforzando todas las posiciones y aprovechando toda ocasión para ahondar la brecha entre los obreros y la guarnición de una parte y el gobierno de otra.
La manifestación armada de las jornadas de julio fue un vasto reconocimiento que hizo el partido para sondear el grado de unión entre las masas y la fuerza de resistencia del enemigo. El reconocimiento de transformó en lucha de avanzadillas. Fuimos rechazados, pero al mismo tiempo mediante la acción se estableció la conexión entre el partido y las más amplias masas. Durante los meses de agosto, septiembre y octubre se desarrolló un poderoso flujo revolucionario. El partido lo aprovecho y aumentó de manera considerable sus apoyos entre la clase obrera y la guarnición. Más adelante la armonía entre los preparativos de la conspiración y la acción de masas fue casi automática. El Segundo Congreso de los Soviets fue fijado para el 7 de noviembre. Toda nuestra agitación anterior debía conducir a la toma del poder por el Congreso. El golpe de Estado quedó fijado para el 7 de noviembre. Se trataba de un hecho perfectamente conocido y comprendido por el enemigo. Por ello Kerensky y sus consejeros intentaron consolidar su posición en Petrogrado, en la medida de lo posible, cara al momento decisivo. Sobre todo necesitaban sacar de la capital al segmento más revolucionario de la guarnición. Por nuestra parte nos aprovechamos de esta tentativa de Kerensky para derivar de ella un nuevo conflicto que tuvo una importancia decisiva. Acusamos abiertamente al gobierno de Kerensky -y nuestra acusación se vio después confirmada por escrito en un documento oficial- de proyectar el alejamiento de una tercera parte de la guarnición de Petrogrado, no por consideraciones de orden militar, sino por intereses contrarrevolucionarios. El conflicto hizo que estrecháramos aún más nuestras relaciones con la guarnición e implicó que esta última se planteara una tarea bien definida: apoyar el Congreso de los Soviets fijado para el 7 de noviembre. Y puesto que el gobierno insistía -aunque de forma poco enérgica- en que la guarnición fuera desplazada, con el pretexto de verificar las razones militares del proyecto gubernamental creamos en el Soviet de Petrogrado, que ya dominábamos, un Comité revolucionario de guerra.

De este modo nos dotamos de un órgano puramente militar, a la cabeza de las tropas de Petrogrado, que era realmente un instrumento legal de insurrección armada. Al mismo tiempo nombramos comisarios (Comunistas) en todas las unidades militares, almacenes, etc. La organización militar clandestina ejecutaba las tareas técnicas especiales y proporcionaba al Comité revolucionario de guerra militantes de plena confianza para las operaciones militares de importancia. Lo esencial del trabajo de preparación y realización de la insurrección armada se hacía abiertamente, con un método y una naturalidad que la burguesía, con Kerensky a su cabeza, apenas se apercibió de lo que pasaba ante sus narices. En París, el proletariado sólo comprendió que era el dueño de la situación inmediatamente después de su victoria real, una victoria que, por otra parte, no había buscado conscientemente. En Petrogrado las cosas sucedieron de muy distinta forma. Nuestro partido, con el apoyo de los obreros y de la guarnición, se apoderó del poder, y la burguesía, que pasó una noche bastante tranquila, sólo se dio cuenta a la luz del día que el gobierno del país se encontraba ya en manos de sus enterradores.

EN LO QUE CONCERNÍA A LA ESTRATEGIA, SE DIERON EN NUESTRO PARTIDO MUCHAS DIVERGENCIAS DE OPINIÓN.

Como es sabido, parte del Comité Central se declaró opuesta a la toma del poder pues creían que aún no había llegado el momento de actuar, que Petrogrado se encontraría aislada del resto del país, que los proletarios no contarían con el apoyo de los campesinos, etc.
Otros camaradas creían que no prestábamos suficiente importancia a los detalles del complot militar. En octubre, uno de los miembros del Comité Central exigía que se cercara el Teatro Alejandrina, sede de la Conferencia Democrática, y se proclamase la dictadura del Comité Central del Partido. Decía que con la agitación y trabajo militar preparatorios del Segundo Congreso mostrábamos nuestros planes al enemigo y le ofrecíamos así la posibilidad de prevenirse e incluso asestarnos un golpe preventivo. Pero no cabe duda que la tentativa de un complot militar y el asedio del Teatro Alejandrina hubieran sido elementos ajenos al desarrollo de los acontecimientos que habrían provocado el desconcierto de las masas. Incluso en el Soviet de Petrogrado, en el que nuestra fracción era mayoritaria, una acción tal que se anticipara al desarrollo lógico de la lucha no hubiera sido comprendida en ese momento, sobre todo entre la guarnición, en la que aún habían regimientos que dudaban y en los que no se podía confiar, principalmente la caballería. A Kerensky le hubiera resultado mucho más fácil aplastar un complot inesperado para las masas que atacar a la guarnición, y le hubiera permitido consolidarse mucho más en su posición: la defensa de su inviolabilidad en nombre del futuro Congreso de los Soviets. La mayoría del Comité Central rechazó con razón el plan de asedio a la Conferencia democrática. La coyuntura había sido evaluada perfectamente: la insurrección armada, sin apenas derramamiento de sangre, triunfó precisamente el día que había sido fijado, previa y abiertamente, para la convocatoria del Segundo Congreso de los Soviets.

Sin embargo esta estrategia no puede convertirse en norma general, necesitaba unas condiciones organizadas. Nadie creía ya en la guerra contra Alemania, e incluso los soldados menos inclinados hacia la revolución no querían marchar al frente. Y aunque sólo por esta razón la guarnición entera estaba de parte de los obreros, se reafirmaba cada vez más en su decisión a medida que iban conociéndose las maquinaciones de Kerensky. Pero el estado de ánimo de la guarnición de Petrogrado tenía una causa aún más profunda en la situación del campesinado y el desarrollo de la guerra imperialista. Si la guarnición se hubiera escindido y Kerensky hubiera tenido oportunidad de apoyarse en algunos regimientos, nuestro plan hubiera fracasado. Los elementos puramente militares del complot (conspiración y gran rapidez en la acción) hubieran prevalecido. Y está claro que hubiera sido necesario escoger otro momento para la insurrección.

La Comuna tuvo también la posibilidad de apoderarse de los regimientos, incluso aquellos formados por unos campesinos que habían perdido totalmente la confianza y el aprecio por el poder y sus mandos. Sin embargo no hizo nada en este sentido. La culpa no hay que achacársela a las relaciones entre los campesinos y la clase obrera, sino a la estrategia revolucionaria.
¿Qué puede pasar en este sentido en la Europa actual? No es nada fácil preverlo. Sin embargo, teniendo en cuenta que los acontecimientos se desarrollan lentamente y que los gobiernos burgueses han aprendido bien la lección, es de prever que el proletariado tendrá que superar grandes obstáculos para ganarse la simpatía de los soldados en el momento preciso. Será preciso que la revolución lleve a cabo un ataque hábil en el momento adecuado. El deber del partido es prepararse para ello. Justamente por eso deberá conservar y acentuar su carácter de organización centralizada que dirigiendo abiertamente el movimiento revolucionario de las masas, es, al mismo tiempo, un aparato clandestino para la insurrección armada.

La cuestión de la electividad de los mandos fue uno de los motivos del conflicto entre la Guardia nacional y Thiers. París rehusó aceptar el mando que había designado Thiers. Varlin formuló inmediatamente la reivindicación de que todos los mandos de la Guardia nacional, sin excepción, fueran elegidos por los propios guardias nacionales. Ese fue el principal apoyo del Comité central de la Guardia nacional.

Esta cuestión debe ser considerada desde dos perspectivas: la política y la militar. Ambas están relacionadas entre sí, pero es preciso distinguirlas. La tarea política consistía en depurar la Guardia nacional de los mandos contrarrevolucionarios. El único medio para conseguirlo era la total electividad, ya que la mayoría de la Guardia nacional estaba compuesta de obreros y pequeño burgueses revolucionarios. Más aún, la divisa de electividad debía ampliarse también a la infantería. De un solo golpe Thiers se hubiera visto privado de su principal arma, la oficialidad contrarrevolucionaria. Pero para realizar este plan al proletariado le faltaba un partido, una organización que dispusiera de adeptos en todas las unidades militares. En una palabra, la electividad, en este caso, no tenía como objetivo inmediato dotar a los batallones de mandos adecuados, sino liberarlos de los mandos adictos a la burguesía. Hubiera sido como una cuña para dividir el ejército en dos partes, a lo largo de una línea de clase. Así sucedieron las cosas en Rusia en la época de Kerensky, sobre todo en vísperas de Octubre.
Pero cuando el ejército se libera del antiguo aparato de mando inevitablemente se produce un debilitamiento de la cohesión en sus filas y la disminución de su espíritu de combate. El nuevo mando elegido es a menudo bastante débil en el terreno técnico-militar y en lo tocante al mantenimiento del orden y la disciplina. De manera que cuando el ejército se libera del viejo mando contrarrevolucionario que lo oprimía, surge la cuestión de dotarle de un mando revolucionario capaz de cumplir su misión. Y este problema no puede ser resuelto por unas simples elecciones. Antes que la gran masa de soldados pudiera adquirir la suficiente experiencia para seleccionar a sus mandos la revolución sería aplastada por el enemigo, que ha aprendido a escoger sus mandos durante siglos. Los métodos de democracia informe (la simple electividad) deben ser completados, y en cierta medida reemplazados, por medidas de cooptación. La revolución debe crear una estructura compuesta de organizadores experimentados, seguros, merecedores de una confianza absoluta, dotada de plenos poderes para escoger, designar y educar a los mandos. Si el particularismo y el autonomismo democrático son extremadamente peligrosos para la revolución proletaria en general, son aún diez veces más peligrosos para el ejército. Nos lo demostró el ejemplo trágico de la Comuna.
El Comité central de la Guardia nacional basaba su autoridad en la electividad democrática. Pero cuando tuvo necesidad de desplegar al máximo su iniciativa en la ofensiva, sin la dirección de un partido proletario, perdió el rumbo y se apresuró a transmitir sus poderes a los representantes de la Comuna, que necesitaba una base democrática más amplia. Y jugar a las elecciones fue un gran error en ese momento. Pero una vez celebradas las elecciones y reunida la Comuna, hubiera sido preciso que ella misma creara un órgano que concentrara el poder real y reorganizara la Guardia nacional. Y no fue así. Junto a la Comuna elegida estaba el Comité central, cuyo carácter electivo le confería una autoridad política gracias a la cual podía enfrentarse a aquélla. Al mismo tiempo se veía así privado de la energía y firmeza necesarias en las cuestiones puramente militares que, tras la organización de la Comuna, justificaban su existencia. La electividad, los métodos democráticos no son más que una de las armas de las que dispone el proletariado y su partido. La electividad no puede ser de ningún modo un fetiche, un remedio contra todos los males. Es necesario combinarla con las designaciones. El poder de la Comuna procedía de la Guardia nacional elegida. Pero una vez creada, la Comuna hubiera debido reorganizar toda la Guardia nacional con mano firme, dotarla de mandos seguros e instaurar un régimen disciplinario muy severo. La Comuna no lo hizo, privándose por ello de un poderoso centro dirigente revolucionario. Por ello fue aplastada.

Podemos hojear página por página toda la historia de la Comuna y encontraremos una sola lección: es necesaria la enérgica dirección de un partido. El proletariado francés se ha sacrificado por la Revolución como ningún otro lo ha hecho. Pero también ha sido engañado más que otros. La burguesía lo ha deslumbrado muchas veces con todos los colores del republicanismo, del radicalismo, del socialismo, para cargarlo con las cadenas del capitalismo. Por medio de sus agentes, sus abogados y sus periodistas, la burguesía ha planteado una gran cantidad de fórmulas democráticas, parlamentarias, autonomistas, que no son más que los grilletes con que ata los pies del proletariado e impide su avance.

El temperamento del proletariado francés es como una lava revolucionaria. Pero por ahora está recubierta con las cenizas del escepticismo, resultado de muchos engaños y desencantos. Por eso, los proletarios revolucionarios de Francia deben ser más severos con su partido y denunciar inexcusablemente toda disconformidad entre las palabras y los hechos. Los obreros franceses necesitan una organización para la acción, fuerte como el acero, con jefes controlados por las masas en cada nueva etapa del movimiento revolucionario.
¿Cuánto tiempo nos concederá la historia para prepararnos? No lo sabemos. Durante cincuenta años la burguesía francesa ha mantenido el poder en sus manos, tras haber erigido la Tercera República sobre los cadáveres de los comuneros. A los luchadores del 71 no les faltó heroísmo. Lo que les faltaba era claridad en el método y una organización dirigente centralizada. Por ello fueron derrotados. Y ha transcurrido medio siglo antes de que el proletariado francés pueda plantearse vengar la muerte de los comuneros. Pero ahora intervendrá de manera más firme, más concentrada. Los herederos de Thiers tendrán que pagar la deuda histórica, íntegramente.

Artículos relacionados: Historia de las revoluciones









  • No hay comentarios para este artículo